Hace 80 años, 20 castores llegaron a Tierra del Fuego desde Canadá. La intención de quienes impulsaron aquella introducción era incorporar una nueva especie a la fauna fueguina y, al mismo tiempo, desarrollar una posible industria peletera. Con el paso de las décadas, aquella iniciativa terminó teniendo consecuencias muy diferentes a las esperadas.
La llegada ocurrió en noviembre de 1946, durante los primeros meses del gobierno de Juan Domingo Perón. El Ministerio de Marina había encargado la importación de los animales y el piloto canadiense Tom Lamb fue quien se ocupó de trasladarlos desde Canadá. El pedido original contemplaba unos 50 ejemplares, pero finalmente fueron trasladados 20 castores: 10 machos y 10 hembras.
Los animales fueron recogidos en la provincia canadiense de Manitoba, cerca del lago Moose. El viaje hasta Tierra del Fuego incluyó escalas en Miami y Río de Janeiro, antes de llegar a la zona del Río Claro, en la Isla Grande de Tierra del Fuego. La llegada incluso quedó registrada por Sucesos Argentinos, el tradicional noticiero cinematográfico que se proyectaba antes de las películas.
En aquel momento, la introducción era presentada como una manera de “enriquecer la fauna” y favorecer el desarrollo de la industria peletera. Sin embargo, los castores encontraron en la isla condiciones favorables para reproducirse y no contaban con los depredadores naturales que limitan sus poblaciones en su ambiente de origen.
Con el transcurso de las décadas, la población creció de manera considerable. Actualmente, según los datos citados por LA NACION, se estima que en el sector argentino de Tierra del Fuego existen entre 100.000 y 150.000 castores, mientras que considerando también el territorio chileno la cifra ronda los 300.000 ejemplares.
Una especie que modificó el ecosistema fueguino
El castor es un animal que tala árboles tanto para alimentarse como para construir diques y refugios. En Tierra del Fuego, esta actividad tiene consecuencias particularmente graves sobre los bosques nativos, ya que especies como la lenga, el guindo y el ñire no se recuperan de la misma manera que los árboles de los ambientes donde evolucionó originalmente el castor.
La construcción de diques también modifica los cursos de agua y puede generar inundaciones, alterando ambientes y afectando a otras especies. Una investigación de la Facultad de Agronomía de la UBA estimó en 2017 la existencia de alrededor de 70.000 diques en el sector argentino de la isla.
El impacto también tiene una dimensión económica. De acuerdo con la información citada en el artículo, el 95 % de las cuencas de Tierra del Fuego se encuentran colonizadas por castores y se estima un perjuicio económico anual de alrededor de 66 millones de dólares, considerando daños sobre tierras, actividades productivas y ecosistemas boscosos.
Una historia que dejó una enseñanza ambiental
La historia de aquellos primeros 20 castores constituye hoy uno de los ejemplos más conocidos de los efectos que puede producir la introducción de una especie exótica en un ambiente donde no pertenece.
Lo que en 1946 fue presentado como una oportunidad para diversificar la fauna y desarrollar una actividad económica terminó convirtiéndose en un desafío ambiental de enormes dimensiones para Tierra del Fuego.
Actualmente, Argentina y Chile trabajan en planes destinados al control y eventual erradicación de los castores en la Patagonia, buscando reducir el impacto sobre los bosques y los ecosistemas de la región.
La historia de los castores en Tierra del Fuego recuerda que cualquier intervención sobre un ecosistema puede tener consecuencias que se extienden durante generaciones. Aquellos primeros 20 ejemplares llegaron hace ocho décadas; sus descendientes transformaron profundamente el paisaje fueguino.
Por los Senderos de Argentina
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