Por orden de Rosas,
2000 hombres con 27 cañones y cadenas, al mando de Lucio Norberto
Mansilla, traban, en un recodo del río Paraná (entre San Pedro y
Ramallo, provincia de Buenos Aires) una escuadra anglo-francesa que
pretendía forzar como libre ese paso.
El 20 de noviembre de 1845 se produjo el combate de la Vuelta de Obligado, en el que las fuerzas argentinas opusieron su coraje a las dos fuerzas navales más grandes del mundo.
El 20 de noviembre de 1845 se produjo el combate de la Vuelta de Obligado, en el que las fuerzas argentinas opusieron su coraje a las dos fuerzas navales más grandes del mundo.
Inglaterra y Francia tenían entonces el dominio de los mares, y en nombre
de la libertad de comercio buscaban expandir sus economías en cualquier
lugar del planeta. Las excusas eran siempre las mismas: defender a sus
ciudadanos de los atropellos cometidos por los dictadores de turno. El
siglo XIX era el momento histórico de la expansión colonialista europea, y
el Lejano oriente, Oceanía y Africa fueron los objetivos donde,
paradójicamente, los instrumentos civilizadores de la ciencia y la técnica
se utilizaron para servir a la prepotencia, con agravio de los derechos
humanos más elementales.
América Latina, a pesar de su reciente independencia política, era otra
presa fácil y apetecible. Su suelo producía generosamente las materias
primas necesaria para alimentar a muchos millones de hombres, y el algodón
y el tabaco, entre otros productos, prometían un tráfico de perspectivas
brillantes. Los pretextos para desencadenar una guerra de conquistas
pueden tomar una forma
“sui generis”:
lo fundamental era el resultado.
El
tratado Mackau-Arana de 1840, verdadero triunfo diplomático del gobierno
de Rosas, no satisfizo los anhelos franceses, por lo que estos se
volvieron a Inglaterra en busca de ayuda para intervenir conjuntamente en
el Río de la Plata.
El
objetivo comercial -principal finalidad de esta empresa- se centraba en la
libre navegación de sus barcos por nuestros ríos interiores, creando
estados tapones que facilitarían el control político regional. Pero para
consumo externo era necesario ofrecer una motivación romántica y
simpática, capaz de despertar favorables resonancias en el ámbito popular.
Entonces, y gracias al periodismo de Montevideo, que presentaba a Rosas
como un monstruo ávido de sangre, se montó rápidamente una estructura de
propaganda para justificar la intervención de ambas potencias en los
asuntos del Río de la Plata por razones elementales de humanidad (como
Francia había hecho en Argelia y Tahití, y como Inglaterra lo hiciera en
China con la “guerra del opio”).
El
siglo XIX es el momento histórico de la expansión colonialista europea.
Desde sus albores el desarrollo industrial determinó a las principales
potencias, Inglaterra y Francia, a embarcarse en una desenfrenada carrera
de conquistas territoriales y de mercados internacionales.
El
lejano Oriente, Oceanía, y luego Africa, fueron los objetivos donde,
paradójicamente, los instrumentos civilizadores de la ciencia y la técnica
se usaron para servir a la prepotencia, con agravio de los derechos
humanos.
América latina, a pesar de su reciente independencia política, era una
presa fácil y apetecible. Su suelo producía generosamente las materias
primas necesarias para alimentar a muchos millones de hombres, y el
algodón y el tabaco, entre otros productos, prometían un tráfico de
perspectivas brillantes. Los pretextos para desencadenar una guerra de
conquistas eran secundarios, lo fundamental era el resultado.
Eso
creyeron, al menos, después de su acción en San Juan de Ulúa, México,
frente a Veracruz. En efecto, una sutileza dio pie a que naves de guerra
francesas destruyeran a cañonazos la fortaleza de dicha ciudad. ¿Motivo?
Unos soldados mejicanos cometieron la travesura de comerle unas golosinas
a un confitero francés sin pagarle: ¡agravio al honor de la Francia! Y la
bárbara reacción bélica.
Fue
para esa época, 1838, cuando Francia da comienzo a su primer bloqueo
contra nuestro país. También por motivos insignificantes e injustificados,
como el apresamiento de algún francés incurso en delitos comunes; el
servicio de milicias que otros extranjeros prestaban sin inconvenientes,
originó una insolente reclamación del vicecónsul
en Buenos Aires, Aimé Roger. El gobierno de la Confederación desestimó el
apremiante “ultimátum” del funcionario, desconociéndole personería, por no
ser diplomático. El funcionario se ve obligado a pedir sus pasaportes.
Llega enseguida la poderosa escuadra y el francés escribe, ya desde
México, a su país: nada mejor que
“infligir a la invencible Buenos Aires un castigo ejemplar que será una
lección saludable a todos los demás estados americanos. La partida está
empeñada y toda la América abre los ojos: corresponde a Francia hacerse
conocer si quiere que se la respete”.
Pero
en el Plata no se repitió la hazaña de San Juan de Ulúa.
A pesar de algunos unitarios en el exilio, la mayoría de ellos repudió el
bloqueo y el pueblo estrechó filas en torno al gobierno, en la emergencia.
La gran potencia europea resigna sus pretensiones y se firma el tratado
Mackau-Arana, verdadero triunfo del gobierno de Buenos Aires.
El
tratado Mackau-Arana de 1840 dejó con la sangre en el ojo tanto a
franceses como a unitarios, mientras el imperio del Brasil recelaba ante
el poderío creciente de la Confederación Argentina. Por ese se envió a
Londres la misión del vizconde de Abrantes, a solicitar la intervención
anglo-francesa, junto con el Brasil, naturalmente, para derrocar a Rosas.
Pero las grandes potencias no querían compartir ventajas con ninguna
nación sudamericana, pues a su política le convenía la balcanización del
continente.
A
parecidas razones se debe el fracaso de la gestión llevada a cabo por
Florencio Varela, quien entrevistó a lord Aberdeen y le propuso la
independencia de Entre Ríos y Corrientes, a cambio de un ejército para
derrocar al dictador[i].
La
ambición de conquistas territoriales de las potencias europeas era
insaciable, y además, tanto Francia como Inglaterra, acababan de sufrir un
rudo golpe en su prestigio. Estados Unidos acababa de anexarse el estado
mejicano de Texas, a pesar de que las dos naciones europeas habían
respaldado a Méjico para impedir el despojo. Tanto ingleses como franceses
necesitaban un éxito militar para rehabilitarse. El Río de la Plata se
presentaba como el pavo de la boda.
Las
sugestiones del vizconde de Abrantes, por un lado, y las seductoras
informaciones de Florencio Varela, por el otro, despertaron el apetito
siempre latente de los imperialismos. La creación de nuevos pequeños
estados coincidía, además, con la conveniencia de las potencias:
subdividiendo a las naciones recién emancipadas, les resultaría fácil
controlarlas política y económicamente.
La causa de la humanidad
El
objetivo comercial, principal finalidad de esta empresa, se concretaba con
la libre navegación de sus barcos por nuestros ríos interiores, pero
resultaba necesario ofrecer para consumo externo, en aquella época de auge
del romanticismo, una motivación simpática, capaz de despertar favorables
resonancias en el ámbito popular.
Entonces, en base a las noveladas “tablas de sangre” de José Rivera
Indarte, y al periodismo truculento de Montevideo, que presentaban a Rosas
como un monstruo ávido de sangre, se montó una estructura de propaganda
para justificar la intervención anglo-francesa en los asuntos del Río de
la Plata por razones elementales de humanidad. No se podía permanecer
indiferente ante los padecimientos de los habitantes de Buenos Aires y
ante el peligro de que Montevideo cayera a su vez en manos de Oribe,
lugarteniente de Rosas.
Vibrantes debates parlamentarios, sobre todo en la cámara francesa, dieron
estado internacional al grave problema. Ante la prudencia especulativa de
Guizot, el jefe de la oposición, Thiers, produjo uno de sus demagógicos
discursos de siempre.
“Montevideo es una colonia francesa,
–expresa Thiers-
en Montevideo el terreno es excelente, variado, regado. En Buenos Aires
empiezan esas vastas llanuras llamadas pampas dono es muy difícil el
cultivo”.
Habla a continuación directamente de Rosas,
“hombre tan célebre por sus crueldades que su barbarie excede a todo lo
que podría deciros… ha fusilado sin juicio, que es el modo más humano de
conducirse en ese país, porque habitualmente se degüella… se ponen juntos
hombres y mujeres entre tablas y se los asierra… Rosas ha colocado cabezas
humanas en los mercados donde habitualmente se expenden las cabezas de los
animales”.
El objetivo estaba cumplido. Invocando
“la causa de la humanidad”
Francia emprendía por segunda vez una aventura bélica en el Río de la
Plata.
Un turbio negociado
Cuando está por desatarse en el Plata la agresión de las potencias
europeas, un periodista independiente, Emilio Girardin, denuncia en el
diario “La Presse”, de París, el verdadero sentido de la intervención
“El gobierno francés, que hoy da la mano a Inglaterra, ¿Qué diría, que
haría si la Inglaterra hubiese intervenido con la autoridad en nuestro
bloqueo de Buenos Aires, so pretexto de que ese bloqueo impedía sus
relaciones de comercio con el Río de la Plata?. La cuestión de justicia y
derecho político no es diferente por ser la República Argentina menos
fuerte que la Francia y la Inglaterra. Es preciso, pues, buscar en otros
intereses el secreto de la política de Inglaterra. Hemos sostenido que
nuestros compatriotas, tomando las armas en Montevideo, servían para
cubrir el agiotaje tenebroso que con la ayuda del comodoro Purvis hacía
una casa inglesa de Montevideo, la casa de Lafone, dueña de los bienes
públicos de ese estado y de las islas adyacentes. ¿No predijimos que la
Inglaterra validaría por medio de una intervención esas adquisiciones y se
colocaría en lugar de sus connacionales propietarios?... Desde 1808 la
Inglaterra se figuró a Montevideo como otro Cabo de Buena Esperanza con
respecto al Pacífico. Ya había ocupado esa ciudad pero se vio obligada a
evacuarla; y para quien conoce su persistencia y tenacidad, es corriente
que su intervención actual en esos parajes oculta sus miras ambiciosas”.
El
general Tomás Guido, a la sazón embajador de la Confederación Argentina
ante el imperio del Brasil, le escribe a San Martín informándole que la
vedadera causa de la intervención anglo-francesa estaba radicada en un
mero problema de intereses, los pingües negocios que realizaba la casa
Lafone y Cía., de Inglaterra, dueña de la Aduana de Montevideo.
Volver las cosas a la normalidad, dando por terminada la intervención
extranjera en el Plata, constituiría una especie de lucro cesante, que el
comodoro Purvis y otros dignos guerreros no estaban muy dispuestos a
concretar.
El
jefe del gobierno inglés, lord Aberdeen, instruye a su enviado especial,
Williams Gore Ouseley, como ha de desenvolverse la mediación:
“La cesación del bloqueo se obtendrá de inmediato y sin dificultad
(refiriéndose al bloqueo argentino del puerto de Montevideo),
como que nada más fácil para las escuadras combinadas que apresar la
argentina”.
El robo de la escuadra
El
26 de julio de 1845, cuando el almirante Brown, comandante de la fuerza
naval argentina que bloqueaba a Montevideo, en cumplimiento de órdenes
superiores, se disponía a regresar a Buenos Aires, tiene lugar un hecho
ultrajante que es conocido en nuestra historia como “el robo de la
escuadra”.
Las
corbetas “Comus” y “Sattellite”, de la estación naval francesa, detienen a
cañonazos a la “9 de Julio”, “San Martín” y “25 de Mayo”, mientras que la
“D’Assas” hace lo propio con la “Maipú” y la “Echagüe”.
El
anciano almirante envía entonces al general Rosas estas palabras llenas de
amargura:
“Tal agravio demandaba el sacrificio de la vida con honor y solo la
subordinación a las supremas órdenes de V.E., para evitar la aglomeración
de incidentes que complicasen las circunstancias, pudo resolver al que
firma a arriar un pabellón que durante treinta y tres años de continuos
triunfos ha sostenido con toda dignidad en las aguas del Plata”.
Poco
después, la escuadra argentina, que bloqueaba el puerto de Montevideo a
las órdenes del almirante Brown, fue apresada, cumpliéndose la consigna
ministerial. Pocas veces se había asistido a un atropello más flagrante de
las normas del derecho internacional. Las potencias agresoras organizaron
hábilmente lo que hoy denominamos “guerra psicológica”, pero no pudieron
impedir los comentarios de la prensa,
“Triunfe la Confederación Argentina o acabe con honor, Rosas, a pesar del
epíteto de déspota con que lo difaman, será reputado en la posteridad como
el único jefe americano del sur que ha resistido intrépido las violentas
agresiones de las dos naciones más poderosas del Viejo Mundo”;
decía “O Brado de Amazonas”; De Río de Janeiro, el 13 de diciembre de
1845. “O Sentinella da Monarchia”, del mismo origen, del día 17, se
expresaba así:
“Sean cuales fueran las faltas de este hombre extraordinario, nadie ve en
él sino al ilustre defensor de la causa americana, el grande hombre de
América, sea que triunfe o que sucumba”.
El ex presidente de Chile, general Pinto, le escribe al ministro
plenipotenciario argentino:
“Todos los chilenos nos avergonzamos que haya en Chile dos periódicos que
defienden la legalidad de la traición a su país, y usted sabe quienes son
sus redactores”.
Una carta de San Martín
El
Libertador se halaba a muchas millas de su patria, pero seguía atentamente
los acontecimientos que aquí se desarrollaban. Consultado por Federico
Dickson sobre las posibilidades militares que, a su juicio, podrían tener
los invasores, contestó con una carta definitoria, seria, circunspecta, de
sentido estrictamente profesional, pero destinada a los gabinetes de las
potencias europeas:
“Bien es sabido la firmeza de carácter del jefe que preside la República
Argentina; nadie ignora el ascendiente muy marcado que posee, sobre todo
en la vasta campaña de Buenos Aires y resto de las provincias. Y aunque no
dudo que en la Capital tenga un número de enemigos personales, estoy
convencido de que bien sea por orgullo nacional, temor, o bien por las
prevenciones heredadas de los españoles hacia los extranjeros, ellos en su
totalidad se le unirán y tomarán parte activa en la actual contienda. Por
otra parte es menester conocer (como la experiencia lo tiene acreditado)
que el bloqueo que se ha declarado no tiene en las nuevas repúblicas de
América, y sobre todo en la Argentina, la misma influencia que tiene en
Europa. Solo afectará a un corto número de propietarios, pero a la masa
del pueblo que no conoce las necesidades de la de estos países, le será
bien indiferente su continuación.
Si las dos potencias quieren llevar adelante las
hostilidades, es decir, declarar la guerra, yo no dudo un momento que
podrán apoderarse de Buenos Aires con más o menor pérdida de hombres y
gastos, pero estoy convencido que no podrán sostenerse mucho tiempo en
posesión de ella: los ganados, primer alimento, o por decirlo mejor, único
en el pueblo, puede ser retirado en muy pocos días a distancia de muchas
leguas; lo mismo que las caballadas y demás medios de transporte, y los
pozos de las estancias inutilizados. En fin, formar un verdadero desierto
de doscientas leguas de llanura sin agua ni leña, imposible de atravesar
por una fuerza europea, la que correrá más peligro a proporción que sea
más numerosa si trata de internarse. Sostener una guerra en América con
tropas europeas, no solo es muy costoso, sino más que dudoso su buen
éxito. Tratar de hacerlo con hijos del país mucho más dificultoso, y aún
creo que imposible encontrar quien quiera enrolarse con el extranjero.
En conclusión: 8.000 hombres de caballería del país y 25 o
30 piezas de artillería, fuerzas que con mucha facilidad puede mantener el
general Rosas, son suficientes para mantener en un cerrado bloqueo
terrestre a Buenos Aires, y también impedir que un ejército europeo de
20.000 hombres salga a más de treinta leguas de la Capital sin exponerse a
una completa ruina por falta de todo recurso. Tal es mi opinión, y la
experiencia lo demostrará”.
San
Martín decía al comienzo de esta carta que no entraba a juzgar la justicia
o injusticia de la guerra que llevaban las escuadras combinadas
franco-inglesas sobre Buenos Aires, limitándose a dar una opinión de
carácter técnico. En Europa se sabía quien era San Martín. Es de imaginar
el efecto que hizo su carta por la amplia difusión periodística que
alcanzó. El Libertador prestó una vez más un gran servicio a su patria.
En
tanto los unitarios de Montevideo se expresaban desde las columnas de “El
Nacional” y “El Comercio del Plata”, aludiendo a la actitud de los
argentinos en relación con los invasores extranjeros:
“¿Cómo ha de combatir un pueblo contra los hombres a quienes mira como
libertadores?”.
Y José Luis Bustamante, secretario y consejero de Fructuoso Rivera, en un
libro que tituló “Los errores de la intervención anglo-francesa”, abre sin
reservas su pensamiento de este modo:
“Los pueblos del Alto Perú, saludando a sus nuevos amigos y protectores
(se refiere, como es de suponer, a los invasores europeos) prontos a
continuar la campaña santa de la libertad, verían con placentera esperanza
flamear en sus costas y fuertes la bandera de la Francia y la Inglaterra”.
Sin
embargo, hombres de valía reaccionaron ante la agresión. Uno de ellos fue
el coronel Martiniano Chilavert. Había sido jefe de estado mayor en el
ejército de Lavalle y era considerado el artillero científico por
antonomasia. Coloca el patriotismo por encima del partidismo, y se dirige
resueltamente a Oribe en una hermosa carta:
“En todas pos posiciones en que el destino me ha colocado, el amor a mi
país ha sido el sentimiento más enérgico de mi corazón. Su honor y su
dignidad me merecen religioso respeto. Considero el más espantoso crimen
llevar contra él las armas del extranjero”.
Juan
Bautista Alberdi fue uno de los más talentosos unitarios enemigo de Rosas,
pero en su fecunda y lúcida madurez se le debe esta significativa frase:
“Prefiero a los dictadores de mi patria que a los libertadores
extranjeros”.
Lucio Mansilla
El
jefe que dirigió las fuerzas de la Confederación en esa inolvidable
jornada era un veterano de la Independencia, de 53 años, natural de Buenos
Aires, a la que defendió de las invasiones inglesas siendo casi un niño,
bajo las órdenes de Liniers. Poco más tarde luchó junto a Artigas para
desalojar a los portugueses de la provincia Oriental, y ese no fue su
único aporte en tal sentido: intervino en el sitio de Montevideo, al lado
del general Rondeau, y en las filas comandadas por el coronel Domingo
French, que tomaron por asalto la fortaleza portuguesa “El Quilombo”,
sobre el río Yaguarón. Por esa campaña se le concede un honroso escudo de
plata y se le nombra “Benemérito de la Patria en grado heroico”.
Posteriormente se le destina al Ejército de los Andes, donde San Martín le
confía misiones de responsabilidad. Con el grado de mayor interviene en la
batalla de Chacabuco, y su desempeño le hace acreedor a la medalla de oro
que le otorga el gobierno de las Provincias Unidas, mientras el de Chile
lo nombra oficial de la Legión del Mérito y le acuerda medallas y
cordones. Maipú rubrica esta nueva etapa del joven guerrero, que luego
inicia una campaña en el sur de Chile bajo la dirección de Las Heras.
En
1820 regresa a Buenos Aires, con solo 28 años, y a través de su amistad
con Alvear y Sarratea, conoce al entrerriano Francisco Ramírez. Este lo
invita a acompañarlo a Entre Ríos, ayudándolo a organizar su ejército y en
la tarea de estructurar la naciente “República de Entre Ríos”. Poco
después protagonizará Mansilla un episodio oscuro, el del abandono que
hizo del caudillo entrerriano cuando éste se lanzó a invadir Santa Fe.
Habíale ordenado Ramírez que pasara el río Paraná en unos buques para
atacar la capital de la provincia donde dominaba Estanislao López; este
ataque estaría combinado con el avance que debería efectuar Ramírez al sur
de Coronda. Pero Mansilla defeccionó. Al llegar frente a Santa Fe y luego
de disparar algunos cañonazos, algo misterioso ocurrió, y después de pasar
una noche inactivo frente a una plaza casi indefensa, Mansilla ordenó
repasar el río y volver a Entre Ríos.
La
defección del porteño significó la derrota posterior de Ramírez, y luego
su muerte. Mansilla explicaría años más tarde este episodio, diciendo que
él no podía cooperar con el caudillo entrerriano en una acción que estaba
dirigida contra Buenos Aires. Pero esto debió decirlo antes de participar
en los planes de Ramírez. Se dijo en su momento –y Saldías recoge la
versión- que hubo una cuestión de faldas; que Mansilla estaría enamorado
de la Delfina, la bella amante portuguesa del Supremo y, despechado ante
la preferencia de ella, dejó fracasar una acción que sabía decisiva para
su jefe. Sea como sea, la actuación posterior de Mansilla no tiene puntos
negros como éste, pero que algo extraño pasó en esa oportunidad, es
indudable.
Después de la muerte de Ramírez y de un breve interregno, Mansilla se hace
elegir gobernador de Entre Ríos. Resulta ser un buen administrador, pone
paz en la tierra de las cuchillas y hace sancionar una de las primeras
constituciones provinciales. Cuando termina su mandato la legislatura de
la provincia le hace donación de grandes extensiones de tierra, que serían
luego la base de su fortuna.
No
aceptó la reelección, pero la provincia lo elige diputado al Congreso de
1824. Fueron asombrosas para muchos las cualidades de orador brillante que
demostró en esas funciones, votando favorablemente el proyecto rivadaviano
de constitución unitaria.
Declarada la guerra al Brasil, Rivadavia lo nombra comandante de costas,
pero poco después se incorpora al ejército de Alvear. Siendo ya general de
división, se distingue en Camacuá, y manda en jefe en la batalla de Ombú,
en la cual derrota completamente al famoso general brasileño Bentos
Manuel, que por esa razón estuvo ausente de Ituzaingó. Su destacado
desempeño ganóle a Mansilla el nombramiento de jefe de estado mayor.
Al
volver el ejército a Buenos Aires, Mansilla opta por retirarse a la vida
privada, de la que en 1834 lo saca el general Viamonte, nombrándole jefe
de policía. Cuñado de Rosas, no intervino nunca en la lucha de partidos,
pero fue miembro conspicuo de la legislatura durante varios períodos. En
1845 este hombre era comandante en jefe del departamento del Norte. A él
confió Rosas el mando de las fuerzas que enfrentarían al enemigo.



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